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Viejo 22-ene-2008, 20:58
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javohavuelto va en busca de la trascendenciajavohavuelto va en busca de la trascendenciajavohavuelto va en busca de la trascendencia
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Predeterminado ...... (vengo escribiendo esto desde hace un tiempo... opiniones)

Era una noche húmeda en exceso, sin viento, calurosa hasta más no poder.

Los faroles del alumbrado público eran rodeados de un aura del que sólo se ven en ilustraciones y dibujos animados japoneses. Era irreal pensar que sólo eran efectos de la luz al traspasar las diminutas moléculas de agua que flotaban en el aire.

Él no tenia idea de cómo mitigar este castigo impuesto por la cruel naturaleza de su hábitat natural, su terreno, su país. Luego de no conseguir absolutamente ningún placer en la tan preciada televisión, concibió la mejor idea de todas; no le gustaba mucho, pero era lo único merecedor de dignidad luego pensarlo durante unos minutos.

Había salido a comprarse un paquete de cigarrillos de la marca que más prefería. Veinte pequeños cilindros de muerte adornados con un nombre pegajoso. Iba vestido con una remera artesanal de algodón, bermudas y unas sandalias de cuero; no era su estilo preferido, pero le sentaba bien acuerdo a su estado anímico.

Al llegar a la despensa notó una cierta mirada de asombro y envidia, o quizás admiración, de los presentes. Pidió su efímera fuente de placer momentáneo y tuvo la dura sensación de notar que no llevaba suficiente dinero. Ocultando su vergüenza pidió un paquete menor, de una marca barata e insulsa. La rabia le pasó al poco tiempo; tras un breve y simple, pero simpático comentario.

Al pisar nuevamente la acera; en las afueras del expendio de insumos varios, comprendió la risa forzada de su vendedor. ¿Cortesía? Sí, tal vez.

A poco tiempo de empezar a llenar los pulmones de vil demonio con sabor hediondo, el joven emprendió una errante y poco anímica caminata por el barrio. Innumerables insectos rondaban el aire, por lo que abundaban murciélagos planeando a su alrededor. Hermosa noche se dijo a sí mismo, ¿cómo la gente no puede comprender la belleza de dichos mamíferos?

Silenciosos, ágiles, tan noctámbulos como cualquiera.

No había lugar alguno hacia donde encaminar, por lo que se hizo pronta la esperanza de encontrarse consigo mismo caminando por ahí. Tenía el deseo de poder compartir unas palabras y tal vez fingir una escaramuza a puños limpios, sólo por la diversión de ver la reacción de quien se acercase a presenciar dicha pelea.

Al lado de un árbol yacía un número de bolsas residuales esperando a su transporte de medianoche. Muchas de ellas abiertas por algún animal citadino.

En medio de la oscuridad unos ojos verde-pardos lo saludaban detrás de su fuente humana de alimentos. Era un hermoso ejemplar hembra de los felinos menos queridos por todos los habitantes de esta ciudad. Estaba preñada.

Ambos pares de ojos se fundieron mutuamente, humanos y felinos; haciendo resonar en la mente de nuestro protagonista la duda de si alguna vez dichas razas estuviesen relacionadas, tal y como lo describen algunas religiones ya olvidadas en nuestro tiempo.

Los ojos lo siguieron largo trecho hasta que algo más llamo su atención.

Quizás alguna presa menos dificultosa para atrapar.

Cuesta abajo sonaban bajos acordes y sonidos estridentes varios, marcando algún compás de baile moderno, sin dar demasiado entusiasmo hacia un verdadero apreciador de la música.

Algún triste mortal celebraba el día que su madre lo parió. Tonto e iluso. Llenar el estómago de carne y bañarla en cerveza de mala calidad. Que celebración más vaga y vulgar. Pero bueno, ¿para que contradecir a la mayoría social?, uno sólo ganaría enemistades y tildes de inadaptación.

El silencio pronto reinó las calles cuadras más abajo. La poco común vestimenta llamaba la atención de quienquiera cruzase su camino, o tal vez sólo su postura indiferente.

Al cabo de unos minutos y aproximadamente seis cuadras, sus piernas le convencieron de volver. Ya se hacía aburrida la noche y quizás podrían hablar de lo mismo que venían hablando en un lugar más cómodo, como el piso de su habitación o el patio de su casa.

Se desvió una cuadra, pero de todas formas pasó por el mismo camino que de ida. Mucho no le calentaba dicha acción, aunque hubiese preferido tener más cosas para ver en alguna calle paralela, o quizás tener algún destino a donde ir.

El interior de la casa estaba mucho más fresco. Se preparó una jarra con agua fresca y se dedicó a leer un libro en el tejado de la zona más alta de su habitación. La tenue luz de un vecino era suficiente para apreciar sin cansar demasiado la vista todo lo que quería.

No tardó demasiado en aburrirse de lo que leía, por lo que se dedicó a ver el mundo desde su posición. Unas cuantas sirenas sonaban en el ambiente, por lo que se aseguró que sean ambulancias corriendo a salvar algún borracho estrellado con algún poste de luz, y no una pequeña equivocación de algún vecino, confundiéndolo con un ladrón cualquiera.

Bajó a su cama, ya no le apetecía seguir despierto.

A la mañana siguiente decidió caminar hacia algún parque, el primero que se le cruzase en el camino. Encontró uno con un pordiosero sentado en un banco.

Se sentó a su lado, a compartir un cigarrillo. El pordiosero agradeció este acto mediante una conversación un poco efímera al comienzo, pero luego de un rato fue una hermosa fuente de conocimiento.

Se cruzaron distintos puntos de vista sobre la vida, aspectos teológicos y socioeconómicos; no tardaron en agradecer a sus respectivas creencias superiores el poder haber mantenido dicha conversación y luego se despidieron para no volver a verse.

El día estaba fresco, en comparación al anterior, una suave brisa traía un pequeño aroma del sur, aroma a campo, que desatinaba completamente aquella ciudad horrorosamente incivilizada. Probablemente había llovido en una cercanía - que hermosa suerte - se había dicho al contemplar las nubes siendo arrastradas por un invisible dedo, con poderosas uñas que, te aseguro, no querrás comprobar.

Se sentó en el piso de su recámara luego de un desayuno compuesto por dos bananas y un poco de maní hidratado. Agarró su preciado libro rojo y en él anotó lo siguiente:

<Triste día pasé al notar mi propia vergüenza, sabiendo que posibilidades súbitas rondan tu interior. Tu aroma me satisfizo mucho menos de lo que esperaba, por el sólo hecho de haberme satisfecho.
He descubierto quince dudas al encontrarte feliz, soy o no feliz?. No lo se.
Una nueva vida nacerá al fin y será el comienzo nuevamente, la felicidad no tendrá nombre en un montón de años y luego tal vez tú o él sepan la verdad.>

Se estremeció.

Comprobó que tenía frío, se colocó una remera. Se había dado una ducha unos minutos antes, por lo que el aire fresco le daba una sensación placenteramente cruel. Fue hasta la terraza, miró por el balcón y se lanzó sin meditarlo.
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Viejo 22-ene-2008, 21:04
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agrego que la historia no termina ahi... pero pongo como pa ver opiniones nomas... si por ahi hay alguna, claro
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Viejo 22-ene-2008, 21:13
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Mi última entrada del Blog: wwww.odioponertitulo.com
 
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Me cuesta creer qe el chico qe siempre esta en sector desvirtue diciendo cosas qe no entiendo haya escrito semejante cuento.
Me encanto, sinceramente!
Me gusta como escribis, tus metaforas;

"A poco tiempo de empezar a llenar los pulmones de vil demonio con sabor hediondo, el joven emprendió una errante y poco anímica caminata por el barrio..."

"Algún triste mortal celebraba el día que su madre lo parió. Tonto e iluso. Llenar el estómago de carne y bañarla en cerveza de mala calidad. Que celebración más vaga y vulgar..."


No se, me gusto leerlo.
Es algo qe yo eligiria para leer.
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Viejo 22-ene-2008, 21:19
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decir cosas que no tengan sentido es facil...

gracias por tu opinion
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Viejo 23-ene-2008, 10:29
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Cuando despertó se encontraba en un lugar conocido, pero no estaba seguro de cómo haber llegado ahí.

Lo primero que sintió fue una molestia en el brazo derecho. Al acomodarse su vista a la claridad vio varias escrituras, caricaturas y garabatos varios en el yeso que rodeaba su rota extremidad.

Comprobó tener otra molestia muy similar en la rígida pierna izquierda y un fuerte y punzante dolor en la espalda. Maldijo en voz alta al darse cuenta que, tras haber hilado todos los sucesos y sumado su dificultad para respirar, que tenía un pulmón perforado.

Le dolía un poco la cabeza, pero no creía tener más de una u otra contusión. Se preguntó si esto afectaría de algún modo la poca cordura que le quedaba.
¡¿Poca cordura!? ¡¿O excesiva?! – reflexionó en primer instante – ¡nah! ¡Dejáte de decir idioteces!

La habitación donde se encontraba pertenecía a un hospital que solía frecuentar cada tanto por alguna aflicción respiratoria o intestinal, aproximadamente una vez año de por medio. No estaba seguro de haber sido esa misma habitación o alguna otra del mismo hospital, ya que todas son prácticamente iguales.

Decidió ir a “echar un cloro” y aprovechó para vaciar el intestino ya que estaba de paso. No tenía idea de cuánto tiempo estaba en ese lugar, pero realmente no le calentaba demasiado.

Miles de millones de preguntas sin respuesta real pasaron por su cabeza al darse cuenta que en el basurero al lado del inodoro había un pepino rebanado en varios trozos – ¿qué clase de enfermo me tocó por enfermero? – fue su primera reacción. - ¿Dónde coño me vine a parar? – y otra clase similar, sin involucrar a su imaginación creativa de puros conjuros y rituales vudú y ese tipo de misticismo llenaron los primeros centenares.

Su madre lo había encontrado tirado en el césped dos días atrás. Como buena madre, se limitó a hacer muchas preguntas que todo buen hijo elude cada uno con el método que más le plazca; en este caso, un par de agresiones verbales, sin ser realmente violento. Dentro de todo el era un buen niño y no levantaba más la voz a su madre, ni le llamaba con nombres indignos. Ya no más.

Luego de llamar la atención de muchos dentro de tan hermoso lugar de muerte, tanto enfermos como doctores y enfermeras – quizás algún muerto también, la verdad no puedo estar seguro – llegaron a un acuerdo tácito con una carcajada y una palmada mutua en la espalda. La madre lo acompañó a la caja donde firmaron su alta.

Ella habría sido una de tantas madres prodigios, solteras, que han criado solas al niño y sin perder el trabajo de poca remuneración y mucho sacrificio; si no fuese porque era tan alcohólica como el empedernido pensador, y había tenido tantos trabajos estables como novios durante la infancia del desdichado hombre.

Y por más rabia mutua, formaban una pareja muy enternecedora, desde cierto punto de vista. Cada cumpleaños de ella, cada navidad y alguna que otra ocasión especial, él caía en el departamento barato cerca del microcentro de ella, con una botella de wisky de respetado precio. Se vaciaban la botella con algún que otro invitado quien luego pagaba las siguientes dos botellas del aguardiente local de bajo precio y los cigarrillos, y terminaba con alguna que otra cicatriz por meterse en medio de alguna disputa sin importancia entre madre e hijo.

Entre ambos eran conocidos como “la familia de las sonrisas” debido a algunas frecuentes peleas en los bares locales, que terminaban siempre con dientes incrustados a alguna mesa o en el piso - muy pocas veces los dueños los reclamaban nuevamente.

Con ayuda de una muleta y de su querida madre, el joven “sonrisa de acero” – apodo que se ganó al tener todos los dientes en su lugar, a pesar de tanto maltrato de patada y puñetazo entre bares – se caminó las seis cuadras hasta el barcito que más le gustaba y se alegró al encontrar a dos de sus amigos de parranda preferidos.

El “viejo tuerto” y el “pelado Carlos” eran famosos por no respetar ni la madre que los parió, pero por algún motivo poco aparente – el autor de este libro se reserva el derecho de ser sarcástico cuando se le plazca – siempre mantuvieron la palabra de sonrisa de acero como ley primera.

Sentáronse a discutir puras pavadas pero no tardaron mucho en expresar de la forma más adecuada que se les ocurrió, lo preocupados que se sintieron por la súbita decisión del muchacho. El no tenía la más mínima intención de explicar nada, así que se tomó un sorbo de su cerveza y se marchó con un disgusto visible en el rostro.

Como no tenía muchas ganas de volver a su casa todavía, y quería sacarse el mal gusto que le dejaron sus amigos y su madre, decidió ir a tomar otra birra a un local menos frecuentado por él. Linda sensación tuvo al ver al pordiosero de unos días atrás sentado en la esquina de la calle, así que lo invitó a acompañarlo.

- Pero qué demonios te pasó – se sorprendió el pobre indigente – creo que esta vez no tuviste tanta suerte con tus habilidades pugilísticas no?.
- En realidad tuve un encuentro cercano con el piso de mi patio
- Tenés que dejar de perseguir mariposas niño tonto – rió entre los pocos dientes que le quedaban sanos, la mayoría se fueron hace años entre poca higiene y encuentros con la policía, bebió un sorbo de cerveza y dijo – un día de estos podés romperte una pierna o un brazo.
- Lo decís por estos yesos? ¡Nah! Puras pavadas, si sigo en pie ahora es muestra de que ni yo mismo puedo conmigo.
- Ah! Eso decís ahora, pero los dos sabemos bien que eso se debe a que realmente no tenés idea de donde estas realmente, tu yo real no es el mismo al que considerás real. ¿Confuso no?
- Un poco
- Sí, pocos lo entienden al principio, mirame a mi, yo era un proficiente vendedor de boludeces que sin importancia. Y ganaba bien! Un par de mentiritas bien dichas y la gente se meaba de entusiasmo y me compraba tres cajas de lo que sea que esté vendiendo.
- Y viste la verdad en algún vaso de alcohol, ¿verdad?
- Burlate lo que quieras pendejo, pero ¿quién es el que se tiró y se partió un par de huesos?

En ese momento entró por la puerta principal uno de los hombres con quien estuvo en el bar anterior. El local era un simple galpón con una cortina de metal como puerta, levantada hasta el tope, un ventilador de techo que apenas daba abasto para el calor infernal que los azotaba, unas cuantas mesas sucias pero con unos lindos manteles baratos y un televisor con cualquier intento de programa televisivo llenando su pantalla.

- ¡Boludo! Vos estas mal de la cabeza para dejarnos así con tu vieja? – dijo el más joven de los dos vagos, el pelado Carlos – nos hizo pagar todas las birras que debía la muy hija de puta.
- Cuidado con esa lengua.
- Perdón, a veces se me escapa un poco. ¿Que tal? Yo soy Carlos – dijo, mientras alargaba el brazo para estrechar la mano del hombre que tenía enfrente.
- Yo no tengo nombre desde hace un tiempo, pero si necesitás llamar mi atención podes echar un silbido al viento en el tono que más te guste.
La mueca de duda del pelado no tenía la más mínima pizca de sutileza, cosa que realmente no sorprendió al joven de acero < la verdad que hace mucho que no lo sorprendía nada>. Por consiguiente el hombre a quien muchos llamarían pordiosero se levantó de la mesa, hizo un cordial gesto de despedida y se fue maldiciendo en silencio a toda la sociedad y quizás a la madre de muchas personas, aunque luego seguro se habrá retractado.
- Bueno, basta de excentricidades y misticismo – murmuró Carlos mientras apoyaba ambos codos en la mesa – me podrías decir qué demonio austero pasó por tu cabeza para hacer semejante idiotez?.

A cinco cuadras se podía sentir el hervor de sangre que salía de ese bar. Lucas <ese es el nombre de “sonrisa de acero”> se contuvo notoriamente un puñetazo que rugía por salir desde el fondo de su yeso, claro que esto dolería mucho y no estaba de humor como para soportar semejante precio. Así que sólo dio una palmada en el hombro al pelado. Éste palideció mudo.

Apoyado en su muleta y luego de dejar unos billetes en la mesa del bar, Lucas caminaba nuevamente por la calle que tan conocida de memoria tenía. Llegó a su casa, fue directo al comedor, buscó una vieja máquina de escribir que tenía por ahí guardada y se sentó por aproximadamente 6 horas. Se tomó un café, no tenía idea de la hora que era ya que el único reloj que tenía se había quedado marcando las 3 y 20 desde hace unos meses. Nunca le puso pilas nuevas. Cargó un maletín con un poquito de ropa y salió sin ánimos de volver.

Luego de quince semanas consiguieron traer un cerrajero que abra las puertas. Poco tiempo después el viejo tuerto llevó el manuscrito que juntaba polvo al lado de la máquina de escribir a un amigo que trabajaba en una editorial a unas cuantas cuadras del lugar.
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