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22-feb-2007, 16:24
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Kompadre


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Mauro´s Ya es CualQuiera dicho y hechoMauro´s Ya es CualQuiera dicho y hechoMauro´s Ya es CualQuiera dicho y hechoMauro´s Ya es CualQuiera dicho y hechoMauro´s Ya es CualQuiera dicho y hechoMauro´s Ya es CualQuiera dicho y hechoMauro´s Ya es CualQuiera dicho y hechoMauro´s Ya es CualQuiera dicho y hechoMauro´s Ya es CualQuiera dicho y hecho
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Exclamation Sex Humor - Los Supermachos nos tienen hasta acá

EL SÚPER MACHO.
Nacido en un lugar humilde Antoñito nunca pudo tener los costosos juguetes que los reyes les traían a los demás nenes. El siempre ligaba ropa, zapatos y pará de contar. Cuando terminó la primaria se vio obligado a estudiar de mañana y trabajar de tarde en la carpintería de la vuelta por la falta de guita en casa. Este dato es fundamental a tener en cuenta para que, cuando Antonio sea un triunfador, pueda recordar incansablemente su origen pobretón como prueba irrefutable de que todos sus logros son méritos exclusivos de él solito.
Ya en la adolescencia comenzaba a mostrar claros signos de ser un indiscutible ganador. Pasaba largas horas relatando pormenorizadamente a sus amigos la forma en que desvirgó a Estercita, la quinceañera de la otra cuadra por la que muchos de ellos se encerraban en el baño a meditar.
Una tarde en el que la barrita atendía entusiasta a la descripción minuciosa que Antoñito hacía de los pendejos y las tetas de “la yegua esa”, quiso la casualidad que (hablando de Roma) el burro se acercara contoneándose por la vereda de en frente.
Todos alzaron un silencio contemplativo menos Antonio, que adoptando una pose cancherita irrumpió en una serie de consideraciones acerca de la anatomía de la fémina. Estercita se detuvo frente a él y calle de por medio le gritó con ironía: “¿No te hiciste la pajita hoy todavía?”. Y luego de dar una vueltita para mostrarse mejor agregó: “Bueno, ahora podés ir a hacértela.” La muchacha siguió su camino y Antonio se despidió aturdido en medio de las carcajadas de la barra.
Cuando cumplió los dieciocho se compró el primer autito y ya no frecuentó las amistades del barrio; él pertenecía a otro nivel. Poco después entró en el banco, gracias a las influencias de su tío, y comenzó a codearse con gente de su clase.
Un compañero de oficina lo secundaba en los paseos por el Bajo con el auto para levantar minas y también le hacía gamba para ir a bailar a los boliches de onda. En uno de esos boliches conoció a Susana que, si bien no se podía decir que fuese “un avión”, estaba bastante fuerte; y como andaba caliente con él, haciéndole el verso del novio de vez en cuando “mojaba” gratis. Cierta vez Susana lo llamó al banco y le dijo que tenía una sorpresa para él. Antonio la citó en un café y cuando llegó la encontró radiante. “¿Cuál es la sorpresa?” , preguntó. “Estoy embarazada” , contestó ella con una sonrisa. El sintió que la tierra se abría y sólo atinó a decir: “¿Qué vamos a hacer?”. Susana respondió con una propuesta de casamiento como si fuera lo más lógico; él recompuso su semblante y le dijo: “Bueno nos vamos a casar pero así no; de apuro no, porque la vieja se muere”.
A la noche siguiente Antonio fue a buscar a Susana a la casa y la invitó a salir. Mimoso, le regaló la media medalla y puso fecha de casamiento. “Nos casamos el mes que viene –prometió- pero antes tenés que darme una prueba de amor.” Ella estaba tan feliz que accedió antes de saber en qué consistía dicha prueba.
“Un médico amigo nos está esperando para que te saques el chico”, informó Antonio. Ella intentó resistirse pero él la convenció: “Es de la única manera que nos podemos casar. Después vamos a tener todos los hijos que quieras, pero si me caso de apuro la vieja se me queda del disgusto.” Susana lloriqueó un poco y finalmente aceptó. Esa misma noche se hizo la operación. En el viaje de regreso, Antonio detuvo el auto, abrió la puerta de su acompañante y le ordenó: “Bajate turra, no te quiero ver nunca más” . A pesar de la crisis histérica de Susana, él la empujó fuera del auto y desapareció del mapa.
El amigo que es amigos siempre y cuando…
Antonio fue variando sus amistades de acuerdo con la necesidad del momento. Hoy conocía a una persona y si le resultaba de provecho, instantáneamente se convertía en un amigo íntimo. Confianzudo y avasallador, es de los que se meten en la casa de los que recién le presentaron y se va derecho a la heladera a servirse algo de comer.
Un domingo, fue de visita a la casa de un compañero de oficina y entró con su saludo característico: “¿Qué decís, boludo?” . Carlitos (el boludo) le contestó con un “hola” distraído y corrió a sentarse frente al tablero de ajedrez, donde desarrollaba una partida con un vecino. Antonio se acercó a los jugadores con cara de entendido y, observando la posición, empezó a largar comentarios del tipo “Esto lo veo mal, ¿eh?; así no va” . Como estos dos hicieron caso omiso de sus intervenciones, a los cinco minutos arrasó de un manotazo con todos los trebejos y sacó a empujones a Carlitos de su silla, diciendo: “Esto está mal, me voy a jugar con el muchacho, que tiene cara de saber.” El muchacho lo derrotó tres partidas seguidas. Con los años conoció a Liliana, una chica “de familia” que tuvo el honor de convertirse en su novia oficial. Martes y jueves la visitaba en la casa, viernes y sábado iba a pescar por el Bajo y los domingos la sacaba a pasear de tardecita luego de cumplir con las formalidades de rigor ante sus futuros suegros.
En el banco hizo carrera babeándose con la secretaria del gerente. Cuando lo ascendieron y le pusieron secretaria propia, siguió visitando a sus antiguos compañeros de oficina para contarles como manoseaba a su asistente en el privado.
Tiempo después se compró una casita a dos cuadras de la de los padres y se casó con Liliana, que por supuesto llegó virgen a la noche de bodas. Antonio le hacía las compras a su mujer los fines de semana y ella sólo salía de su casa para visitar a los padres y a los suegros. Tuvieron un nene y una nena que fueron al mejor colegio de la zona y disfrutaron de todos los juguetes que Antonio no pudo tener en su infancia. En cinco años se compró la casita en la costa atlántica, cambió el auto tres veces hasta llegar al cero kilómetro y puso su vivienda a todo lujo. Entonces, volvió a buscar a sus antiguos amigos para mostrarles todo lo que tenía.
Lo importante es competir
Como Antonio era el encargado de las relaciones sociales con el barrio (ya vimos que su mujer no se daba con nadie), cuando vinieron a vivir los vecinos “de al lado” él fue el primero en ofrecer su ayuda “para cualquier cosita que necesiten” . De paso se metió en la casa y estuvo toda la mañana hablándole a la joven parejita de lo aplastada que era la gente por allí, que si no era por él la cuadra no progresaba, de su auto último modelo, sus propiedades, sus pájaros importados y su cachorro de ovejero alemán que él mismo adiestraba con un palo de béisbol.
Con la excusa de prestarle algunas herramientas lo llevó al muchacho a conocer su casa y a mostrarle sus últimas adquisiciones. Terminaron de acomodar los muebles bajo la experta dirección de Antonio, que supervisaba todos los movimientos. El vecino le ofreció un cigarrillo y él le dijo: “No fumo. Pero no te vas a creer que soy maricón ¿eh?; yo tengo el vicio de las minas, pero me resulta caro porque mi mujer me marca de cerca.”
En ese momento Antonio dejó escapar una ventosidad que hizo temblar las paredes y ante la mirada sorprendida de la parejita, él se disculpó sobrador: “Discúlpenme che, pero yo prefiero perder un amigo y no una tripa.”
Al día siguiente lo vio al vecino solo trabajando afuera y volvió a la carga: “Ya vas a ver lo que son las minas por acá” –decía con un guiño cómplice mientras el otro arreglaba la cerca- Son todas unas putas no sabés como se comen la banana.” Y cada tanto matizaba su informe con algún “pero no, varón, eso así no se hace; tenés que ponerle un tornillo más grueso. ¿Cómo no te das cuenta que así se va a salir?” . La mujer del vecino salió cebando mate y cuando le ofreció uno a él lo rehusó: “Yo mate no tomo me hace mal a la úlcera.” Más tarde lo quisieron convidar con un vino y también se negó. Entonces la vecina preguntó sonriendo: “Pero cómo, ¿ni mate ni vino?” A lo que Antonio respondió canchero: “¡Huy, a ver si ésta se piensa que soy maricón! No te preocupes que ya me vas a conocer.” Al sentir la mirada gélida del marido agregó: “Ya vas a escuchar las cosas que se dicen de mí” . En ese preciso instante lo salvó Liliana, que desde la casa le gritó que estaba la comida. “¿Ven cómo me marca de cerca? – dijo Antonio con una sonrisa idiota-. Mejor me voy porque sino la voy a tener que cagar a palos y no vale la pena”.
Nunca supo por qué, a partir de ese día los nuevos vecinos comenzaron a esquivarlo.
En la bajada
Hace unos días lo encontramos por la calle. Los chicos ya están grandes y él medio gordito, pero no se da por vencido; sigue haciendo pinta con lo que puede y contando las fantásticas aventuras que lo tienen como único protagonista.
Cuando mi marido le dijo algo acerca de lo crecido que estaba el hijo, Antonio contestó: “Sí, ya está para debutar. En mi época se usaban los prostíbulos, pero ahora con este asunto de las casas de masajes a mí no me convencen. Me parece que mejor, este verano me lo llevo a Brasil, que las negras de ahí son unas potras que no pueden ser y me lo van a hacer macho como se debe. De paso, en una de esas me mando una canita al aire yo también.
Estaba preparando otro S.M.; y yo me pregunto qué pasaría con el pobre pibe si saliera para otro lado.
Como podemos ver, los hombres tienen lo suyo en materia de ejemplares nefastos. Y si bien ellos no se avergüenzan demasiado por tener a este tipo de representantes en su gremio, yo no voy a caer en la remanida frasecita “son todos iguales” . Afortunadamente, no lo son. Las mujeres estaríamos fritas; al menos en lo que a mí respecta, porque para mi gusto estos S.M. son mucho macho y poco hombre.
Nora Brazzola
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