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Viejo 05-feb-2008, 14:54
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sara Ya es CualQuiera dicho y hechosara Ya es CualQuiera dicho y hechosara Ya es CualQuiera dicho y hechosara Ya es CualQuiera dicho y hechosara Ya es CualQuiera dicho y hechosara Ya es CualQuiera dicho y hechosara Ya es CualQuiera dicho y hechosara Ya es CualQuiera dicho y hechosara Ya es CualQuiera dicho y hecho
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Predeterminado el día en que me volví invisible

vuelvo a agregar este cuento que me gusto mucho! y los quiero compartir con todos.
decicado a todos los abuelos. no se olviden nunca de ellos! alguna vez vamos a ser viejos nosotros tambien.

el dia en que me volvi invisible



No sé a cómo estamos. En esta casa no hay calendarios y en mi memoria los hecho son una maraña. Me acuerdo de aquellos calendarios grandes, ¡unos primores!, ilustrados con imágenes de los Santos que colgábamos al lado del tocador...pero no hay nada de eso; todas las cosas antiguas han ido desapareciendo; y yo, yo también me fui borrando sin que nadie se diera cuenta. Primero me cambiaron de alcoba, pues la familia creció. después me pasaron a otra más pequeña aún, acompañado de mis biznietas. Ahora ocupo el desván, el que está en el patio de atrás. Prometieron cambiarle el vidrio roto de la ventana, pero se les olvidó, y todas las noches se cuela por allí un airecito helado que aumenta mis dolores reumáticos. Desde hace mucho tiempo tenía intenciones de escribir pero me pasaba semanas buscando un lápiz y, cuando al fin lo encontraba, yo mismo volvía a olvidar dónde lo había puesto. A mis años las cosas se pierden fácilmente; claro que es una enfermedad de ellas, de las cosas, porque estoy seguro de tenerlas, pero siempre desaparecen. La otra tarde caí en la cuenta de que mi voz también ha desaparecido. Cuando les hablo a mis nietos o a mis hijos, no me contestan. Todos hablan sin mirarme, como si yo no estuviera con ellos escuchando atento lo que dicen. A veces intervengo en la conversación, seguro de que lo que voy a decirles no se le ha ocurrido a ninguno y les van a servir de mucho mis consejos, pero no me oyen, no me miran, no me responden. Entonces, lleno de tristeza, me retiro a mi cuarto antes de terminar de tomar la taza de café. Lo hago así, de pronto, para que comprendan que estoy enojado, para que se den cuenta que me han ofendido y vengan a buscarme y me pidan perdón. Pero nadie viene. El otro día les dije que, cuando me muera, sí me van a extrañar. El nieto más pequeño dijo: "¿Y es que estás vivo, abuelo?" Les cayó tan en gracia que no paraban de reír. Tres días estuve llorando en mi cuarto. Hasta que, una mañana, entró uno de los muchachos a sacar unas llantas viejas y ni los buenos días me dio. Fue entonces cuando me convencí de que soy invisible. Me paro en medio de la sala para ver si aunque sea estorbo; me miran, pero mis hija sigue barriendo sin tocarme. Los niños corren a mi alrededor, de uno a otro lado, sin tropezar conmigo Cuando mi yerno se enfermó tuve la oportunidad de serle útil. Le llevé un té especial que yo mismo había preparado. Se lo puse en la mesita y me senté a esperar a que se lo tomara. Pero siguió viendo la televisión, y ni un parpadeo me indicó que se daba cuenta de mi presencia. El té poco a poco se fue enfriando. Mi corazón también. El viernes se alborotaron los niños, y me vinieron a decir que al di siguiente nos iríamos todos a pasar el día al campo. Me puse muy contento, ¡hacía tanto tiempo que no salía! ¡y menos al campo! El sábado fui el primero en levantarme. Quise arreglar las cosas con calma (los viejos tardamos mucho en hacer cualquier cosa) Así que me tomé mi tiempo para no retrasarlos. Al rato entraban y salían de la casa corriendo, y echaban las bolsas y juguetes al coche. Yo ya estaba listo, y muy alegre me paré en el zaguán a esperarlos. Cuando arrancaron y el coche desapareció, comprendí que yo no estaba invitado; tal vez porque no cabía en el coche o porque mis pasos tan lentos impedirían que todos los demás corretearan a su gusto por el campo. Sentí clarito cómo mi corazón se encogió, la barbilla me temblaba como cuando uno no aguanta las ganas de llorar. Vivo con mi familia, y cada día me hago más viejo; pero, cosa curiosa, ya no cumplo años. Nadie lo recuerda. Todos están tan ocupados...Yo los entiendo, ellos sí hacen cosas importantes: ríen, gritan, sueñan, lloran, se abrazan, se besan...Y yo no sé a qué saben los besos. Antes besuqueaba a los chiquitos, ¡era un gusto enorme el que me daba tenerlos en mis brazos, como si fueran míos! Sentía su piel tiernita y su respiración dulzona muy cerca de mí. La vida nueva se me metía como un soplo, y hasta me daba por cantar canciones de cuna que nunca creí recordar. Pero, un día, mi nieta Laura, que acababa de tener un bebé, dijo que no era bueno que los ancianos besaran a los niños, por cuestiones de salud. Ya no me acerqué más, no fuera a ser que les pasara algo malo por mis imprudencias...¡Tengo tanto miedo de contagiarlos! Yo los bendigo a todos y les perdono, porque...¿qué culpa tienen ellos de que yo me haya vuelto invisible?
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gracias neohac!
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