...... (vengo escribiendo esto desde hace un tiempo... opiniones) Era una noche húmeda en exceso, sin viento, calurosa hasta más no poder.
Los faroles del alumbrado público eran rodeados de un aura del que sólo se ven en ilustraciones y dibujos animados japoneses. Era irreal pensar que sólo eran efectos de la luz al traspasar las diminutas moléculas de agua que flotaban en el aire.
Él no tenia idea de cómo mitigar este castigo impuesto por la cruel naturaleza de su hábitat natural, su terreno, su país. Luego de no conseguir absolutamente ningún placer en la tan preciada televisión, concibió la mejor idea de todas; no le gustaba mucho, pero era lo único merecedor de dignidad luego pensarlo durante unos minutos.
Había salido a comprarse un paquete de cigarrillos de la marca que más prefería. Veinte pequeños cilindros de muerte adornados con un nombre pegajoso. Iba vestido con una remera artesanal de algodón, bermudas y unas sandalias de cuero; no era su estilo preferido, pero le sentaba bien acuerdo a su estado anímico.
Al llegar a la despensa notó una cierta mirada de asombro y envidia, o quizás admiración, de los presentes. Pidió su efímera fuente de placer momentáneo y tuvo la dura sensación de notar que no llevaba suficiente dinero. Ocultando su vergüenza pidió un paquete menor, de una marca barata e insulsa. La rabia le pasó al poco tiempo; tras un breve y simple, pero simpático comentario.
Al pisar nuevamente la acera; en las afueras del expendio de insumos varios, comprendió la risa forzada de su vendedor. ¿Cortesía? Sí, tal vez.
A poco tiempo de empezar a llenar los pulmones de vil demonio con sabor hediondo, el joven emprendió una errante y poco anímica caminata por el barrio. Innumerables insectos rondaban el aire, por lo que abundaban murciélagos planeando a su alrededor. Hermosa noche se dijo a sí mismo, ¿cómo la gente no puede comprender la belleza de dichos mamíferos?
Silenciosos, ágiles, tan noctámbulos como cualquiera.
No había lugar alguno hacia donde encaminar, por lo que se hizo pronta la esperanza de encontrarse consigo mismo caminando por ahí. Tenía el deseo de poder compartir unas palabras y tal vez fingir una escaramuza a puños limpios, sólo por la diversión de ver la reacción de quien se acercase a presenciar dicha pelea.
Al lado de un árbol yacía un número de bolsas residuales esperando a su transporte de medianoche. Muchas de ellas abiertas por algún animal citadino.
En medio de la oscuridad unos ojos verde-pardos lo saludaban detrás de su fuente humana de alimentos. Era un hermoso ejemplar hembra de los felinos menos queridos por todos los habitantes de esta ciudad. Estaba preñada.
Ambos pares de ojos se fundieron mutuamente, humanos y felinos; haciendo resonar en la mente de nuestro protagonista la duda de si alguna vez dichas razas estuviesen relacionadas, tal y como lo describen algunas religiones ya olvidadas en nuestro tiempo.
Los ojos lo siguieron largo trecho hasta que algo más llamo su atención.
Quizás alguna presa menos dificultosa para atrapar.
Cuesta abajo sonaban bajos acordes y sonidos estridentes varios, marcando algún compás de baile moderno, sin dar demasiado entusiasmo hacia un verdadero apreciador de la música.
Algún triste mortal celebraba el día que su madre lo parió. Tonto e iluso. Llenar el estómago de carne y bañarla en cerveza de mala calidad. Que celebración más vaga y vulgar. Pero bueno, ¿para que contradecir a la mayoría social?, uno sólo ganaría enemistades y tildes de inadaptación.
El silencio pronto reinó las calles cuadras más abajo. La poco común vestimenta llamaba la atención de quienquiera cruzase su camino, o tal vez sólo su postura indiferente.
Al cabo de unos minutos y aproximadamente seis cuadras, sus piernas le convencieron de volver. Ya se hacía aburrida la noche y quizás podrían hablar de lo mismo que venían hablando en un lugar más cómodo, como el piso de su habitación o el patio de su casa.
Se desvió una cuadra, pero de todas formas pasó por el mismo camino que de ida. Mucho no le calentaba dicha acción, aunque hubiese preferido tener más cosas para ver en alguna calle paralela, o quizás tener algún destino a donde ir.
El interior de la casa estaba mucho más fresco. Se preparó una jarra con agua fresca y se dedicó a leer un libro en el tejado de la zona más alta de su habitación. La tenue luz de un vecino era suficiente para apreciar sin cansar demasiado la vista todo lo que quería.
No tardó demasiado en aburrirse de lo que leía, por lo que se dedicó a ver el mundo desde su posición. Unas cuantas sirenas sonaban en el ambiente, por lo que se aseguró que sean ambulancias corriendo a salvar algún borracho estrellado con algún poste de luz, y no una pequeña equivocación de algún vecino, confundiéndolo con un ladrón cualquiera.
Bajó a su cama, ya no le apetecía seguir despierto.
A la mañana siguiente decidió caminar hacia algún parque, el primero que se le cruzase en el camino. Encontró uno con un pordiosero sentado en un banco.
Se sentó a su lado, a compartir un cigarrillo. El pordiosero agradeció este acto mediante una conversación un poco efímera al comienzo, pero luego de un rato fue una hermosa fuente de conocimiento.
Se cruzaron distintos puntos de vista sobre la vida, aspectos teológicos y socioeconómicos; no tardaron en agradecer a sus respectivas creencias superiores el poder haber mantenido dicha conversación y luego se despidieron para no volver a verse.
El día estaba fresco, en comparación al anterior, una suave brisa traía un pequeño aroma del sur, aroma a campo, que desatinaba completamente aquella ciudad horrorosamente incivilizada. Probablemente había llovido en una cercanía - que hermosa suerte - se había dicho al contemplar las nubes siendo arrastradas por un invisible dedo, con poderosas uñas que, te aseguro, no querrás comprobar.
Se sentó en el piso de su recámara luego de un desayuno compuesto por dos bananas y un poco de maní hidratado. Agarró su preciado libro rojo y en él anotó lo siguiente:
<Triste día pasé al notar mi propia vergüenza, sabiendo que posibilidades súbitas rondan tu interior. Tu aroma me satisfizo mucho menos de lo que esperaba, por el sólo hecho de haberme satisfecho.
He descubierto quince dudas al encontrarte feliz, soy o no feliz?. No lo se.
Una nueva vida nacerá al fin y será el comienzo nuevamente, la felicidad no tendrá nombre en un montón de años y luego tal vez tú o él sepan la verdad.>
Se estremeció.
Comprobó que tenía frío, se colocó una remera. Se había dado una ducha unos minutos antes, por lo que el aire fresco le daba una sensación placenteramente cruel. Fue hasta la terraza, miró por el balcón y se lanzó sin meditarlo.
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